EL DÍA QUE ME DI CUENTA

EL DÍA QUE ME DI CUENTA QUE MI DINERO VALÍA MENOS

Mucha gente espera un golpe. Un día malo, una mala noticia, el momento exacto en que te das cuenta de que tu dinero vale menos.

Pero no funciona así. No hay un día.

Yo me di cuenta poco a poco. Con cosas pequeñas.

Antes me compraba unas zapatillas y no lo pensaba. Las cogía y ya está. Salía a cenar con los amigos dos o tres veces al mes, y tampoco lo pensaba. Me iba y punto.

Y un día empiezas a decirte: «este mes las zapatillas no.»

Empiezas a cenar fuera una vez al mes en vez de tres. Te lo piensas. Te lo piensas más. Y crees que es por ti. Que es porque ya tienes familia, niños, gastos. O que eres tú, que no llevas bien el dinero.

Pero no siempre eres tú.

Es que tu dinero vale menos. Cada mes un poco menos. Y nadie te avisa. Porque el engaño es silencioso. La inflación no te manda una carta. Los gobiernos no te llaman para decírtelo. Te lo van quitando poco a poco, tan despacio que crees que el problema eres tú.

¿Y por qué no me daba cuenta? Aquí entra el TDAH.

Me he preguntado muchas veces si no lo veía por culpa del TDAH. Y creo que sí. Pero no por lo que piensas.

Déjame explicarte una cosa que la mayoría no sabe.

El TDAH no se ve. No tengo ningún rasgo en la cara que lo diga. Por fuera soy uno más. Y ahí está el problema.

Porque desde que me levanto hasta que me acuesto, estoy adaptándome. Todo el día. A un mundo hecho para los que llamamos «normales». Un mundo que no está pensado para mi cabeza.

Y te voy a decir una cosa que llevo años pensando: el déficit de atención lo tienen ellos. No nosotros.

Porque por más que se lo explicas, por más que se lo adviertes, no te escuchan. Y al final el despistado eres tú. El raro eres tú. El que está en las nubes eres tú.

Eso cansa. No te imaginas cuánto cansa.

Hago un esfuerzo tan grande durante el día, tan grande, que cuando llega la noche estoy agotado. Y necesito estar solo. Porque es entonces cuando mi cabeza por fin se relaja. Cuando por fin se queda en blanco y deja de pensar.

Y ahí lo tienes. Con la cabeza gastada de aguantar el día entero, ¿de dónde saco yo la atención para darme cuenta de que mi dinero valía cada vez menos?

No había un día. No había una alarma. Solo estaba yo, agotado, comprándome las zapatillas de 30 en vez de las de 100, sin entender del todo por qué.

No era que yo fuera malo con el dinero.

Era que no me quedaba cabeza para verlo.

Y por eso escribo esto. Para que tú lo veas antes de lo que lo vi yo.


Información con fines educativos e informativos. No constituye asesoramiento financiero, fiscal ni de inversión.

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